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MODERACION
jueves, 7 de junio de 2012
Ciudad Mujer, más allá de los mitos políticos (La Pàgina)
Cualquiera de ellas podría ser tu madre. O tu hermana. O tu hija. O cualquier pariente, porque son mujeres de todo tipo, edad, estatura o ideología unidas por las ganas de progresar, de zafarse de un marido abusador, de aprender un oficio para ser alguien en la vida.
Ciudad
Mujer no es un cascarón como la tildan detractores que nunca la han
visitado. Es un lugar con un modelo de atención que paso a paso se abre
camino en un mundo de incredulidades y que gana premios internacionales,
aunque lo más importante sea el beneficio que da a las mujeres que
recurren a este centro ubicado en Colón, La Libertad.
Cualquiera de las que
ahí llegan podría ser tu madre. O tu hermana. O tu hija. O cualquier
pariente porque son mujeres de todo tipo, edad, estatura o ideología
unidas por las ganas de progresar, de zafarse de un marido abusador, de
aprender un oficio para ser alguien en la vida... o por la sencilla
necesidad de quien no tiene dinero para más que apenas sobrevivir.
—Aquí no entran
muchos hombres, así que usted tiene el privilegio de conocerlo —me dice
la Primera Dama, Vanda Pignato apenas nos bajamos del Suburban negro y
caminamos por los limpios pasillos del edificio. Después me daré cuenta
de que el lugar ha sido visitado por personajes como Lula da Silva,
David Escobar Galindo o Roberto Murray Meza.
En efecto, la señora
Pignato tiene razón. Justo afuera del complejo se puede ver a varios
hombres que sestean o matan el tiempo viendo pasar los carros mientras
esperan a sus compañeras que han llegado a Ciudad Mujer a pasar consulta
médica o a aprender un oficio. Los que nunca llegan a dejarlas son
aquellos que las golpean, porque ahí mismo los atraparían.
No todas llegan a
pasar consulta por su embarazo, a hacerse una ultrasonografía, rayos X o
una mamografía. Algunas cruzan las puertas para poner denuncias, para
que las atiendan por maltrato o por abuso sexual. O llegan a tomar
cursos para aprender y buscar un empleo.
Una de esas señoras,
morena, casi sexagenaria, esta mañana de miércoles se siente muy
orgullosa. Acaba de recibir el diploma por haber aprobado un curso de
mecánica automotriz. Sí, de mecánica. Sí, para arreglar carros. Sí,
aunque sea mujer. Se llama Victoria, Victoria Castellanos.
En el mismo salón, la
dulce voz de una chica no vidente y que es maestra de ceremonias llama a
otra jovencita, que camina erguida hacia la mesa para recibir su
diploma como técnica en computación.
Otra señora, justo en
la fila posterior a quien esto escribe se levanta con rapidez para ir
por su cartón; ella estudió un curso de jardinería.
Hay muchos aplausos,
fotos con la Primera Dama, 49 graduadas y una amable señora que después
del acto se acerca para decirme: “Ah, usted es el de La Página… qué
bien, mire, qué gusto conocerlo. Yo leo el diario”.
Es un momento de
celebración, de alegría, de bocadillos que degustarán por el triunfo
obtenido en cursos que luego aplicarán para formar cooperativas o
emprender un negocio propio.
Pero esta graduación es apenas la punta del iceberg. Porque Ciudad Mujer es mucho más que cursos vocacionales.
—Venga para que mire de qué se trata.
La señora Pignato se
mueve con rapidez por el sitio. Lo conoce de memoria y aunque diga en
privado que no es “su proyecto”, sino un proyecto del país, todo el
mundo sabe que Ciudad Mujer no existiría si ella no lo hubiera
impulsado. Hasta los críticos asumen eso y no resulta extraño que este
logro sea alabado incluso por la oposición política responsable y hasta
por un precandidato a la presidencia por ARENA.
El recorrido
Primero llegamos a la
recepción. Es moderna, limpia, con mucha luz y varias mujeres que
esperan con paciencia mientras llega su turno. Pignato se acerca a un
grupito de ellas y les pregunta si tienen mucho rato de estar sentadas.
Responden con un leve movimiento de cabeza. “Es que a cada persona se le
dedican por lo menos 20 minutos de atención, así que hagan la cuenta
del tiempo. Hay que tener paciencia, pero si esperan mucho reclamen”,
les dice la esposa del presidente Mauricio Funes mientras se despide de
ellas. Asienten y sonríen.
Justo a unos pasos
detrás de donde estaban esas mujeres hay otro pequeño espacio con más
sillas. Es un lugar más privado para quienes llegan por casos de
denuncias de maltrato o de abuso sexual. Están separadas para no
exponerlas.
Después de la
recepción pasamos a la oficina de la Policía Nacional Civil, donde una
subinspectora y dos agentes aguardan. En pocos minutos la jefa policial
explica que ellas dan atención incluso para ir a buscar al abusador, o
para recuperar (como fue un caso narrado) a un niño que no le querían
regresar a la madre porque el marido se lo había quitado en un pleito.
Al lado de la oficina
de la PNC hay un sitio del Isdemu. Más allá un consultorio dental y un
poco más al fondo una agencia del Banco de Fomento Agropecuario. Y una
farmacia. Y consultorios de ginecología, y oficinas para ayudar a
emprendedores, donde encontramos a una joven que recibe asesoría para
hacer crecer su negocio de venta de ropa.
Al ir viendo todo lo
que tiene el complejo uno comienza a realizar por qué se llama Ciudad
Mujer. Es un sitio donde se da un apoyo real para muchas mujeres
desesperadas.
Ya lo había dicho
minutos antes doña Victoria: “Nos hacen sentirnos capaces de insertarnos
a la sociedad (productiva). Nos ayudan a unirnos. Nosotras podemos ser
el ejemplo porque aquí no hay color ni edad ni raza”.
—Y debe ser difícil aprender mecánica —le dice la Primera Dama.
La señora, sin
esperar tal pregunta se lo piensa unos segundos, respira, levanta la
cabeza y responde “Cuando se tiene esperanza es fácil…”. Todos aplauden.
Después de pasar a
conocer la agencia bancaria llegamos a la oficina de la Secretaría de
Cultura, luego visitamos el sitio para el descanso donde unas camas
pulcramente vestidas y un entorno de silencio dan la idea de
tranquilidad. “Es para las mujeres que vienen a descansar; no es que se
duerman aquí. No, ellas vienen a lo que vienen porque después se tienen
que ir a trabajar, o a su casa a hacer los oficios”, explica nuestra
guía.
Hay salas para la
meditación, que no es una yoga para gente sin oficio, sino un lugar para
reposar el espíritu de las chicas o ancianas que han sido abusadas.
¿Ancianas? Sí, aunque resulte increíble. “Hemos tenido casos de mujeres
de 70 años que han sido violadas”, dice la directora del lugar, doña
Margarita Cruz.
Porque dentro de esas
paredes color ladrillo se escuchan cosas que a cualquiera le paran los
pelos. Como el caso de la jovencita abusada desde los 8 años por su
padrastro y que ahora está embarazada de un hermano que se metió a las
pandillas. Cada caso es un drama singular. Aunque no solo hay historias
de tristeza. Las hay de éxito y muchas según me comentan.
Y mientras las
mujeres esperan consulta, pasan con las sicólogas del centro o se
preparan para tomar un refrigerio en la cafetería, si han llevado niños
estos se divierten en las zonas destinadas para ellos.
Si usted ve las
guarderías (Pignato me corrige y dice que no es guardería porque no
guardan a nadie) podrá comprobar que se trata de ambientes modernos:
pantallas de LCD donde pasan caricaturas para los chicos, esterillas
para que gateen los más pequeñines, juegos de inteligencia para los más
aguzados o unas sillas mecedoras para quienes deben ser amamantados. Al
fondo de la estancia, varios bebés duermen plácidamente en unas cunas
pulcras. Todo es limpio. No hay malos olores. Ni ruidos.
La Primera Dama me
comentará después que las computadoras de la sala de talleres fueron
donadas por Taiwán, que los vidrios polarizados de varios cubículos son
así para dar privacidad a las que atienden por problemas de abusos, y
que el revestimiento de plomo de la sala de Rayos X ha sido aprobado con
altos estándares internacionales de calidad.
La señora Pignato se
siente orgullosa del lugar, ya sea de la cafetería donde un grupo de
mujeres en un asocio público-privado maneja los alimentos o del bus
pintado de colores vivos y adecuado como sala de diversiones para niños
mayores de 6 años.
—¿Y va a ser sostenible esto en el tiempo? —le pregunto a nuestro regreso.
—Yo espero que sí.
Vamos a dejar construidos 7 centros —responde mientras me muestra unas
fotos de los avances de la edificación en Usulután, que junto con otros
dos sitios serán inaugurados en 2012 si es que no hay contratiempos
climáticos.
—¿Y no es muy caro esto?
—Ya tenemos el dinero
para la construcción por fondos del BID, y en el caso de las oficinas
que están dentro de Ciudad Mujer no es gasto nuestro porque ya es parte
del presupuesto de cada institución.
En el complejo no
falta prácticamente nada para el servicio de atención a la mujer.
“Claro, tenemos que aprender todavía, nada es perfecto. Nos falta hacer
algunas cosas”, dice la Primera Dama mientras el conductor del Suburban,
serio y de rostro inmóvil gira la vista a la derecha para asegurarse y
salir de regreso hacia San Salvador.
Atrás quedan los
hombres en las afueras de la Ciudad Mujer. Dentro de los muros rojizos,
las que se graduaron, felices por la visita, las fotos con la esposa del
mandatario y con muchos retos por delante para aplicar sus
conocimientos. Quedan otras que asistirán a cursos, pasarán consultas
médicas o que irán a trabajar.
Adentro también quedan muchas mujeres tristes, desoladas y que dentro de esos muros encontrarán esperanza.
—Ojalá esto persista en el tiempo —pienso en silencio mientras la Primera Dama revisa su smartphone.
—Deberían construir una Ciudad Hombre —le digo en broma.
Ella ríe y me
contesta: “Consigue el financiamiento pues”. La frase provoca que todos
ríamos, salvo el conductor, que sigue impávido las líneas de la
carretera y maniobra entre el tráfico del mediodía.
Los motores no tienen exclusividad para los hombres. El próximo reto es obtener la licencia de conducir.
No es solo cortar grama. Es diseñar jardines y darles mantenimiento.
El curso incluyó el uso de internet y paquetes como el Office.
La ceremonia de graduación tiene un trasfondo de futuro para estas mujeres salvadoreñas.
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