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MODERACION

*La moderación es el proceso de eliminar o atenuar los extremos, es buscar el equilibrio.     *En la moderación se halla lo mejor en ética, en política, en economía. Por eso, Rubén Darío decía que “la moderación es el mejor de los bienes”.     La Real Academia Española define la moderación como sinónimo de “cordura, sensatez, templanza en las palabras o en las acciones”.     Son esas, precisamente, las características o cualidades que más se deben poner en práctica dentro de la política nacional.    

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lunes, 13 de agosto de 2012

Los jóvenes merecen el beneficio de la confianza (LPG)

Todos los procesos históricos tienen fases progresivas y diferentes a lo largo de su desenvolvimiento, y tal dinámica evolutiva va determinada por el rodamiento de las causas y los efectos. Hace justamente 30 años, nuestra dificultosa y accidentada evolución política tuvo su primera prueba democratizadora: aquellas elecciones de 1982 para Asamblea Constituyente en las que comenzó a manifestarse, de manera muy rudimentaria pero a la vez muy sintomática, la opción democrática que estaba naciendo en el país luego de haber colapsado el ciclo autoritario formal con el Golpe de Estado del 15 de octubre de 1979. Según ocurre siempre, tales elecciones se vieron, en su momento, mucho más como un desafío político en medio de las balas que como lo que realmente eran: el punto de arranque de una nueva realidad política en el país. 

Pasó igual con la guerra y con el fin de la guerra: las tumultuosas imágenes inmediatistas respecto de ambas dejaron en densa penumbra sus verdaderos sentidos. La guerra en el terreno de la destrucción fratricida fue la culminación de un prolongado ciclo de división nacional, que tomó cuerpo desde el año 32; la paz negociada en la mesa fue el alzamiento de la razón que ponía en juicio al alzamiento de las armas, a fin de inaugurar un nuevo ciclo, que es en el que estamos. Pero la historia —lo vemos a diario en todas partes— nunca es mecánica: sus maduraciones cuestan más que sus depredaciones. Y en estos 20 años transcurridos desde que se firmó el Acuerdo de Paz en Chapultepec deberíamos haber venido dándonos cuenta, a golpe implacable de realidad, de que la paz no es una conquista cerrada, sino un ejercicio abierto.

A estas alturas del aprendizaje democratizador, ya estamos en condiciones de hacer cortes de cuentas sobre lo que sobrevive del pasado y sobre lo que viene emergiendo en el presente. Y en ese sentido, uno de los fenómenos actuales más notorios es el replanteamiento de sujetos colectivos, que asumen actitudes y funciones en muchos sentidos sin precedentes. En el pasado de las décadas anteriores, los sujetos tanto políticos como sociales estaban marcados por la limitación y por la distorsión. Los sujetos políticos se hallaban prácticamente maniatados por el poder; los sujetos sociales tendían a ser fantasmales o de mera lucha reivindicativa. A lo largo de estos años de posguerra, la presencia ciudadana ha venido tomando condición de sujeto libre; y dentro de dicha presencia, la juventud tiene creciente notoriedad.
Lo más interesante de este fenómeno emergente es que no surge por impulso político partidario. Es, más bien, una especie de movimiento natural dentro de la dinámica democrática, una de cuyas expresiones más sensibles es la visibilización de la ciudadanía. Estamos acostumbrados a oír lo que dice el texto constitucional en su artículo 83: “El Salvador es un Estado soberano. La soberanía reside en el pueblo, que la ejerce en la forma prescrita y dentro de los límites de esta Constitución”. Bonito texto, de muy fina prestancia histórica. Pero más allá de la ironía, hay que decir que los ciudadanos hasta la fecha han tenido muy poco que ver con la ciudadanía, que ha estado en manos del poder. Eso es lo que la democracia va corrigiendo, hilo por hilo. Le ciudadanía levanta cabeza. Carraspea y ya se anima a decir su palabra. Es balbuciente aún, pero se oye.
En referencia al rol actual de la juventud en el quehacer sociopolítico, leímos hace unos días un sesudo y muy elocuente artículo de Aída María Betancourt, una joven de 23 años, en el periódico digital El Faro. Ella es miembro de MedioLleno y organizadora de YoMeVistoDeBlanco, un movimiento surgido a raíz de la crisis generada por la resistencia a acatar sin reservas ciertos fallos de la Sala de lo Constitucional. En ese artículo se palpa el sentimiento y la determinación de esta onda de jóvenes que ya no aceptan seguir al margen o ser meros apéndices de otras organizaciones. Hay sin duda un brote verde, que es verde por el color de las hojas nacientes. Ahora los jóvenes ya no sólo se manifiestan por su cuenta, sino que aspiran a que su voz tenga identidad propia. Es un impulso de ciudadanía en vivo, y así tendría que ser respetado y alentado.
Al final de su artículo, Aída María dice que los jóvenes merecen, cuando menos, el beneficio de la duda. Pero en realidad tenemos, como sociedad, que ir más allá: lo que los jóvenes merecen, en cualquier tiempo y lugar es el beneficio de la confianza, porque ese es el beneficio del futuro. La duda tiene un ingrediente negativo; la confianza le apuesta desde el inicio a lo positivo. Además, hay que entender, asumir y practicar que jóvenes debemos serlo todos, con los matices que determina la edad cronológica, que es sólo un pedestal. Si esta juventud de hoy sigue creciendo en posesión del rol histórico que le corresponde, tenemos país asegurado. Y lo que debemos lograr en conjunto es que el escenario nacional sea favorable e inspirador para todos, con miras al florecimiento del vivir y del convivir.

 

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