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MODERACION
martes, 3 de julio de 2012
Tercera vía (LPG)
Cuando se rompe el diálogo comienza el ruido. Así como el diálogo es la
base y la cima de la democracia, el ruido de las consignas, que equivale
al silencio de la sumisión, es la lacra del autoritarismo. Lo que está
pasando en el país es el fracaso de la razón, que a su vez es el
fundamento de la vida pacífica en común.
En la democracia, la minoría debe acatar las decisiones de la mayoría, pero ambas deben someterse al imperio de la ley, que debe ser igual para todos. Ello se complementa con el equilibrio o contrapeso de poderes. Todo esto, que es lo más básico, es lo que ha lanzado por la borda una partidocracia sin otro rumbo que el suicidio. Lo grave es que en ese delirio autodestructivo se llevan de encuentro al país entero.
He oído
decir que el actual conflicto entre los poderes del Estado es
consecuencia de haber llevado al plano de lo político un problema
eminentemente jurídico. No lo creo. Por el contrario, lo que hay es
ausencia de política, si entendemos que la política es la mejor
instancia para resolver cuestiones económicas, sociales o jurídicas que
por diversos motivos se entrampan en callejones sin aparente salida. Eso
lo aprendimos a costa de mucha sangre, y por eso ese conocimiento es un
patrimonio nacional.
La política es por definición la búsqueda
del bien común. No es la batalla por los beneficios particulares de esta
o aquella facción. Haber confundido en algún momento lo meramente
partidario con lo político nos ha traído a este punto de caos, más grave
aun cuando la ciudadanía delega en el partido, el partido delega en la
cúpula y la cúpula delega en el secretario general, que está más
preocupado por los negocios propios y de sus amigos que por el destino
del país.
Nuestro pecado, en suma, no es como se ha dicho la
politización de todo, sino el haber renunciado a la política a favor de
lo partidario, y más concretamente de la polarización entre dos
facciones amarradas al pasado. ARENA y el FMLN pudieron y debieron haber
superado, mediante el diálogo, el problema entre el parlamento y el
Poder Judicial. Pero lo que están haciendo es escalar el conflicto.
Argumentar
que uno u otro bando es el culpable no resuelve la situación. La
responsabilidad es de ambos. Pero para dialogar se requiere vocación
democrática. Y eso es lo que no hay.
La polarización entre esos
dos partidos, o más bien entre sus respectivas cúpulas empresariales,
que no políticas, es lo que impide la salida del atolladero. Por eso es
que ahora más que nunca tiene sentido el esfuerzo de construir una
tercera vía.
Contra ese esfuerzo y contra quienes lo encarnan no
hay argumentos razonables, solo injurias y calumnias que más bien
reflejan el terror ante la posibilidad de perder el control del poder.
Alguien
me decía hace unos días que estamos ya en un punto sin retorno y que
había que resignarnos a la condición de país fallido. No es cierto.
El
actual caos institucional es muy grave, pero más grave fue la guerra y
salimos de ella cuando decidimos dejar atrás los fundamentalismos
bipolares y darle paso a la razón integradora. Eso fue un logro de los
terceristas por sobre las ortodoxias.
Nuestro país no es la tumba
de los unos ni la hoguera de los otros, y no va hacia ningún lado
cuando solo resta y divide. Las prédicas del odio faccional nos
disminuyen y espantan la esperanza, pero somos muchos más los que
estamos convencidos de que El Salvador es la suma del esfuerzo de todos sus hijos.
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