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MODERACION

*La moderación es el proceso de eliminar o atenuar los extremos, es buscar el equilibrio.     *En la moderación se halla lo mejor en ética, en política, en economía. Por eso, Rubén Darío decía que “la moderación es el mejor de los bienes”.     La Real Academia Española define la moderación como sinónimo de “cordura, sensatez, templanza en las palabras o en las acciones”.     Son esas, precisamente, las características o cualidades que más se deben poner en práctica dentro de la política nacional.    

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lunes, 11 de junio de 2012

La familia y la escuela: pilares de la seguridad (LPG)

En nuestro país, la familia, en términos generales, no ha podido cumplir con su cometido social de una manera suficientemente formativa; y tampoco lo ha podido hacer la escuela. Tales déficits derivan del esquema de vida imperante en el ambiente durante nuestro devenir histórico. El hecho de no haber tenido nunca una sociedad integrada, sino, por el contrario, una sociedad crecientemente dividida, hizo que la nación salvadoreña fuera desenvolviéndose en forma distorsionada y traumática, hasta el punto de haber llegado al conflicto bélico interno, que es la expresión máxima del desgarramiento nacional en cualquier tiempo o latitud. Ese persistente fenómeno divisivo fue propagándose por todo el cuerpo social, hasta convertirse en una especie de fatalidad irresistible. El exorcismo, al final, fue la guerra, con la solución de la misma.


Escrito por David Escobar Galindo Escritor 
Históricamente, la función familiar estuvo marcada por el machismo deformante. Pese a hallarse en condición socialmente tan desfavorecida, infinidad de mujeres tuvieron que hacerse cargo de la familia, con todos los efectos supervenientes. Vino luego la guerra, deformadora por naturaleza; y, de manera colateral, se detonó la emigración masiva, por razones de seguridad y por la búsqueda de mejores oportunidades de desarrollo. Esa suma de factores hizo necesario que, al comienzo de la posguerra, se diera un esfuerzo nacional intensivo para ir reconstruyendo los tejidos sociales dañados o destruidos. Por desgracia, tal esfuerzo ni siquiera se intentó, y así pudieron prosperar a sus anchas los trastornos antisociales, que fueron desembocando en subestructuras altamente disociadoras, como las llamadas maras.

Por su parte, la educación nacional no ha sabido responder adecuada y eficazmente a los desafíos del tiempo, y lejos de ello vino desconectándose de la realidad, con todas las consecuencias negativas que es fácil detectar en el ambiente. Allá en los años 60 del pasado siglo comenzó a producirse un reacomodo sociológico en el país, y entonces hubiera sido el momento de replantearse temas vitales como la democratización y la transformación educativa. Hubo algunos amagos, pero que no alcanzaban a responder a las exigencias de la dinámica social en marcha. Y a eso habría que agregar que, por entonces, estaban ya poniéndose en posición los sujetos de la guerra inminente, lo que volvía aún más dificultoso cualquier empeño para arreglar cosas en las circunstancias por entonces imperantes.
Llegó la guerra, concluyó la guerra con una inesperada solución política, y pasamos a una posguerra que no era un saldo de victoria o de derrota, sino un escenario para ejercitar la democracia en condiciones sin precedentes. En ésas estamos, aunque con frecuencia mucho mayor que la aceptable, cedamos a la tentación de sentir que casi nada hemos avanzado al respecto. Y esto último es otro resultado de la superficialidad con que tienden a verse y a tratarse las cuestiones más vitales y estructurales en el país. Entre esas cuestiones, una de las que más apremian y angustian es la referente a la seguridad, en todas sus manifestaciones. Enfocarse con especial atención en la seguridad es, por ello, inevitable en la hora actual, cuando ya los niveles de inseguridad nos están llegando al cuello.
La inseguridad ciudadana muestra sus caras macabras día a día y a cada instante en todos los espacios de nuestra realidad. Dicha inseguridad se nos ha venido volviendo una especie de segunda naturaleza deformante. Y, enfrentados insoslayablemente a ella, tenemos que ir a los fondos y a los trasfondos de la misma, para ver de enfrentarla con posibilidades reales de hallar los caminos de solución efectivos. En esa línea, redimensionar y potenciar en los hechos los roles sociales de la familia y de la educación constituye una tarea básica para asegurar la convivencia pacífica en el país, con miras a la estabilidad y el progreso de la sociedad en su conjunto. Hasta la fecha, se ha actuado y con muy poca eficiencia, hasta que las conductas se vuelven delitos; lo que hay que hacer es dirigirse a las raíces de las conductas, para desde ahí orientarlas y corregirlas.
¿A quién le corresponde hacer dichas tareas? A nadie en exclusiva y a todos en conjunto. El Estado, en primer lugar, debe tener una política como tal en lo que a seguridad se refiere. Es decir, una política de Estado que tienda a fortalecer la familia, a consolidar su desempeño, a estimular los valores que la sostienen; y una política de Estado que reconozca la educación como un factor básico de sostén de la vida social, que es mucho más que una función administrativa de orden estrictamente institucional. En la familia se incuban todas las fuerzas sustentadoras del ser personal y social; en la escuela se dinamizan todas las fuerzas motivadoras de dicho ser, en las dos dimensiones aludidas. Es claro, entonces, que si la familia y la escuela no trabajan como deben, todas las otras estructuras nacionales se asientan en suelo frágil, que falla a cada instante.

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