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MODERACION

*La moderación es el proceso de eliminar o atenuar los extremos, es buscar el equilibrio.     *En la moderación se halla lo mejor en ética, en política, en economía. Por eso, Rubén Darío decía que “la moderación es el mejor de los bienes”.     La Real Academia Española define la moderación como sinónimo de “cordura, sensatez, templanza en las palabras o en las acciones”.     Son esas, precisamente, las características o cualidades que más se deben poner en práctica dentro de la política nacional.    

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martes, 6 de marzo de 2012

La pasión y la inteligencia (LPG)

Difundir una imagen distorsionada del enemigo, para hacerlo parecer como extremadamente torpe, cobarde, corrupto y criminal, es parte integral de toda estrategia de guerra. Pero tiene sus riesgos.

¿Cómo explicar luego que el tiempo pase y no se le logra derrotar a pesar de que sea tonto y miedoso? O peor aún, ¿cómo justificar que hay que darse la mano, negociar y hacer acuerdos políticos con quien se ha dicho que es ladrón y asesino? Sin embargo, la historia ha demostrado que esos son riesgos superables, ya sea por la vía del expediente diplomático o por la salida poco elegante, pero muy práctica, de hacerse el loco respecto a todo lo asegurado anteriormente. Otro riesgo consiste en poner tanto empeño en la labor distorsionadora que luego se termine creyendo que la falsificación es la realidad.
Esto último es un lujo que acaso puedan darse las masas de simpatizantes, por ingenuidad o por necesidad psicológica, pero nunca las filas combatientes y mucho menos sus estados mayores, so pena de fracasar por mera subestimación del enemigo. La situación es semejante en las luchas políticas y electorales, y tiene que ver con la pasión que suscita toda competencia.
La pasión, que es caliente, impulsa a la fuerza, pero esta debe ser orientada por la inteligencia, que debe ser fría. Hay una anécdota que ilustra el tema. Para la izquierda, en los años ochenta, la imagen del enemigo y de todos sus defectos la encarnaba Roberto d’Aubuisson, a quien se le pintaba como un monstruo. El padre Ellacuría creía que era un hombre sumamente agresivo que, de llegar al poder, incrementaría el nivel del conflicto armado.

Pero ya sabemos que la inteligencia de ese sacerdote y filósofo era superior, y que por ello en sus análisis no mezclaba el mito con la realidad. Cuando el partido de Roberto d’Aubuisson llegó al poder en 1989, Ellacuría, a contramano de la opinión generalizada, no vio en ese hecho el inicio del apocalipsis sino, al contrario, la posibilidad de conquistar la paz en el país. No se trataba de una intuición sino de una convicción fundada en el análisis.
Entonces habló con los miembros de la comandancia general del FMLN y les dijo tres cosas puntuales: uno, que la propuesta de diálogo presentada por ARENA era seria; dos, que el proyecto económico planteado por ese partido sería exitoso; tres, que la vida parlamentaria había cambiado a Roberto d’Aubuisson, y que este realmente quería la paz. Por supuesto, ninguno de los comandantes guerrilleros le creyó, sobre todo en lo relativo al último punto.
Pero Ellacuría tenía razón y la paz fue finalmente firmada, cosa que hubiera resultado imposible sin la anuencia de Roberto d’Aubuisson. Hay que observar que Ellacuría no habló de una conversión milagrosa de Roberto d’Aubuisson, semejante a la experimentada por Saulo de Tarso. Su conclusión estaba fundada en un hecho objetivo: “la vida parlamentaria lo ha cambiado”, fue lo que dijo.
Una cosa es vivir siempre en la propia trinchera, relacionándose únicamente con los compañeros del mismo bando y tomando decisiones unilaterales, y otra cosa es verse obligado al método del diálogo, la negociación y el pacto en el parlamento, sometido a las reglas del juego de la pluralidad. En el parlamento lo que se aprende es que es un error fatal dinamitar los puentes, y que más bien, si se quiere ser eficiente en hacer avanzar la propia causa, lo importante es saberlos tender.
Eso es en suma hacer política, el arte de la convivencia productiva con el adversario, en función no de los objetivos faccionales sino de los intereses superiores del país. Allá la pasión, aquí la inteligencia.

 

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